Emilio es un chico guapo, adolescente de 16 años, está tumbado en su cama. Va en bóxers. Le habla a un muñeco, una rana.
--tengo miedo Potter, tengo miedo de ser raro. Así es que me llaman todos... ¿te imaginas lo que diría mi padre? bueno... ese hombre…
El chico nota que se le pone dura pensando en él y eso lo sofoca.
--Pero no lo puedo evitar, cierro los ojos y sueño y sueño... sueño con encontrar un príncipe azul... un hombre que me quite los miedos, un hombre que me haga olvidar todo, que me proteja, que me haga feliz, que me haga gozar, que me haga...
Se oye una puerta en la habitación de al lado que comunica con el cuarto del adolescente por otra puerta.
--¡¡es él¡
El chico se levanta y se acerca hacia la puerta. La comunica un baño, un baño común a dos puertas. Se estremece. Mira a su muñeco, siente algo de culpa aunque no lo quiere reconocer.
--No me mires así. No es mi padre... Sólo es el viudo de mi madre… sí, también es mi tío pero si él se casó con mi madre que era su prima hermana yo tengo derecho a esto.
El piso es antiguo, el agujero del paño grande. Se ve a la perfección. El chico y ve claramente a un hombre de mediana edad, desnudo . Se pone a 100. Se masturba mientras ese hombre se ducha sin imaginar el placer que le está dando a su hijastro y sobrino.
Emilio se está masturbando mientras espía a su padrastro mientras éste se ducha. A sus 43 años Leopoldo es un hombre muy atractivo que hace las delicias del adolescente Emilio que recién ha cumplido los 16 años. Mientras se limpia con el calcetín el adolescente mira a su rana. Siente culpa por el deseo que le hace sentir el cuerpo desnudo de Leopoldo.
--sí, ya sé que es feo que me guste el marido de mi madre y mi tío, pero yo no quiero con él... Nunca tendría nada serio con él.
Esto lo dice con la voz pero no con su cuerpo. Ese hombre le hace vibrar.
Abre un cajón. Dentro tiene una foto. Una mujer y una niña, madre e hija.
--si tú te enamoraste de él y era tu primo hermano ¿porque yo no puedo hacerlo?. Vosotras me dejasteis solo. Me dejasteis con él... ¿porqué no puede ser él quien me haga feliz?
Emilio guarda las fotos. No quiere tenerlas cerca porque le duele pensar en su madre y a la vez desear al que fue su marido.
--si no fuera él... que sea otro... Yo quiero ser feliz... Quiero ser feliz...
Y mira a su ranita:
--¿será malo que las mujeres no me hagan sentir lo que me hace sentir Leopoldo? Yo sé que con un hombre como él sería tan feliz.
Emilio está lleno de miedos pero también de ilusiones, de esperanza. Desea que llegue a su vida un hombre muy guapo que le haga olvidarse de todo. En ese momento Leopoldo entra en el cuarto del chico directamente desde el baño. Su cuerpo húmedo y totalmente desnudo es poesía para Emilio. Aunque no es la primera vez que tiene a su padrastro desnudo nunca se acostumbra. Es un hombre muy atractivo, además la humedad tras la ducha hace que su cuerpo brille más. Leopoldo mira al joven como si fuera un hijo. No piensa que lo está poniendo cachondo. Por nada del mundo pensaría que el hijo de su esposa es gay y menos que se siente atraído por él. Emilio está desnudo, tapa su cuerpo con su rana. Mira a su padrastro tímido.
--¿qué haces aquí? --balbucea nervioso.
Lo tiene a 200 que Leopoldo esté desnudo en su cuarto sin importarle nada. Es algo que le toma de improviso pero que le gusta y eso lo hace soñar. Por unos segundos piensa muchas cosas, piensa que tal vez Leopoldo siente como él, piensa que tal vez quiera hacerle el amor. Tiembla de miedo y de gusto al pensar en lo que se debe sentir teniendo dentro un hombre, un hombre tan guapo como Leopoldo. Éste le sonríe:
--¿qué te pasa?¿qué haces mirándome como un bobo?
Leopoldo le habla con cariño. Emilio jamás ha podido ver a ese hombre como a un padre. Desde que tiene recuerdos es el esposo de su madre. Sus primeros recuerdos son de odio porque sabía que no era su padre y no quería que nadie ocupara el lugar de su progenitor. Luego entendió lo que le pasaba. Lo gusta él, le gusta como hombre. Lo desea. Le gusta como hombre, lo quiere para él.
--venga, que se te hace tarde para ir a la escuela... ¿no te has duchado, no?
Emilio hace que no con la cabeza.
Leopoldo lo agarra del brazo:
--pues venga vamos.
Emilio tiene que tragarse un jadeo. Una erección. Ese hombre desnudo, con sus genitales casi en la cara de él. Podría morderla si quisiera. Le gustaría tanto hacerla grande en su boca. Está sofocado y se siente culpable. Se gira un poco porque tanta belleza lo mata. Leopoldo lo levanta, Emilio no deja su rana para no ocultar su erección.
--bueno espera... luego voy... ¿ya has acabado tú?
Leopoldo se da cuenta que Emilio está sofocado, cree que es por timidez, no porque no quiere que sepa que lo desea. Leopoldo le sonríe. Esa sonrisa enloquece a Emilio.
–¿a estas altura te va a dar pena que te vea desnudo? Te he visto muchas veces, hasta te he bañado...
Emilio lo mira sorprendido:
--¿en serio?
Leopoldo le sonríe:
--si claro... cuando eras muy niño pero ¿porqué te sorprendes? Para mí siempre has sido como un hijo...
A Emilio le duele escuchar esas palabras. Ya se le ha bajado un poco la erección. La tiene más grande que en estado de reposo pero se ve disimulado. Le excita exhibirse ante su cuñado.
--venga date una ducha... --le dice Leopoldo.
Emilio se ducha mientras Leopoldo se acaba de asear. Emilio tiene la perfecta visión de su trasero. Está muy excitado, le gusta tocarse extendiendo el jabón en su cuerpo mientras que goza con el trasero de su atractivo padrastro. Jadea al tocarse los genitales. Tiene grandes deseos de volver a masturbarse. Siente que si pronto sus deseos no se hacen realidad se va a volver loco. Se pone de espaldas a él y le excita mucho masturbarse ante su padrastro. El hombre cree que los jadeos del chico que trata de suavizar es por el gusto de la ducha. No imagina la realidad.
Por otro lado, Leopoldo le ha preparado el desayuno a Emilio. Es muy dulce y cariñoso con él. Lo trata paternalmente. Le acaricia la cabeza con la mano. Emilio se sacude la cabeza molesto. Leopoldo se cuclillas a él lo mira con cariño y pena.
--¿por qué eres tan distante conmigo?
Emilio traga saliva. Cómo decirle que le duele que lo trate como a un hijo cuando lo está deseando ardientemente, cuando lo desea como hombre. Como amante. Desea al esposo de su madre desde que recuerda, desde que comenzó a saber lo que era el sexo y es una realidad que le está matando por dentro. Leopoldo lo acaricia, Emilio lo rechaza. Se levanta. No lo mira. El deseo lo está consumiendo y no soporta sentir que lo quiere como a un padre. Leopoldo está lejos de imaginar lo que ocurre dentro de su hijastro:
--yo siempre he querido ser un padre para ti, desde que tu madre y tu hermana murieron me has centrado solo en ti y no piensas en mi dolor, eran mi esposa y mi hija las que murieron en ese accidente.
--¡¡del que tu tuviste la culpa.¡¡
Leopoldo lo abofetea. A Emilio le duele que ese hombre que le gusta le pegue.
--¡¡ya sé que tu hubieras preferido prefieres que me muriera yo¡¡
Emilio se iba a ir a su cuarto pero Leopoldo lo agarra del brazo.
--¿me sueltas? --le exige Emilio molesto.
Emilio ahoga su deseo y su rabia. Leopoldo lo mira fijamente. Por la memoria de su esposa quiere ayudar a ese chico que él ha visto crecer y que siente como suyo. Lo mira fijamente. Su mirada estremece a Emilio.
--¿por eso me odias, porque fue culpable de la muerte de tu madre? ¿Crees que yo no pienso en eso? Mi vida solo es para que tú seas feliz..Dime lo que quieras que haga y te lo doy...
Emilio desea besarlo. Le gustaría decirle que si se acuesta con él lo olvida todo. Sus labios están tan cerca. A Emilio no le costaría nada rozarlos. Desea saber a que saben, cómo es besar, besar a alguien que te gusta.
--¡se lo doy y que luego se acabe el mundo, que me quiten lo bailao¡¡ --dice para sí.
Pero no se atreve. Prefiere seguir pensando que lo odia.
--¡¡te odio maldito, te odio¡
Y Emilio se encierra en su cuarto. Leopoldo cree que llora porque lo odia y sufre por eso. No imagina que llora porque lo desea.









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